El Circo en su apogeo (vuelve el fútbol)

Vuelven los magos del balón y, con ellos, el alivio de orfandad de millones de españoles que suspiraban por el final del verano para recuperar el control de sus vidas. Vuelve el mercado de fichajes, las nuevas alineaciones, los temas de conversación en el trabajo y los debates a voz en grito con autoridad decibélica.
Es hora de renovar los votos, los abonos de temporada y los canales de pago para miles de familias echando cuentas y apretando cinturones con inusitada satisfacción. Unos pocos cientos de euros no significan nada cuando de lo que se trata es de recomponer la brújula de toda una existencia que vuelve a cobrar sentido por unos meses.

Acabamos de llegar de la manifestación contra los recortes, contra el cierre de aquella empresa o del ERE de la multinacional, para poner la cerveza patrocinadora en la nevera esperando el comienzo. Por el camino hemos discutido acerca de los sueldos de los directivos del Ibex, tan exagerados que nos llenan de indignación y, nada más empezar el partido, escuchamos a personas que se han quedado sin prestación por desempleo decir que el Real Madrid ha maltratado a Casillas. A los quince minutos tu cuñado, que gana 700 euros, comenta que a Ramos había que subirle el sueldo porque se lo merecía y porque seis millones de euros a día de hoy es una miseria.

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Nadie ha dedicado un minuto de su vida a plantearse la estructura territorial del país o la ley electoral porque son conceptos y términos muy complejos, pero en este caso lo tenemos claro: un 4-5-1 es el mejor sistema con posibilidades defensivas de doble pivote, defensa adelantada para forzar el offside, tiki taka y abrir con carrileros.

Es una Liga que se va a jugar entre dos equipos y ese bipartidismo nos parece sano y necesario: cuanto más grandes y fuertes sean los equipos españoles, mejores resultados y mejor imagen trasladaremos al mundo, pensamos mientras se aproxima el descanso del partido. Un pitido en el móvil nos alerta de los 120 euros de factura por la última camiseta de esta temporada que nos acaba de cobrar el banco.

En la reanudación marca nuestro equipo y parece que nos ha tocado la lotería. Los jugadores se abrazan y nosotros los imitamos, dando voces que resuenan en la calle a lo largo y ancho del país. Los goles nos alegran el día y los títulos los celebramos con trascendencia. Nadie que nos conozca nos recuerda celebrando algo con tanta energía: ni aprobar unas oposiciones, ni conseguir un trabajo, ni celebrar un aniversario o tener un hijo nos ha llevado a una celebración de tan ruidosa naturaleza.

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Una falta en el centro del campo hace salir a los médicos del equipo para atender a un jugador que no lo necesita. Apenas recordamos las horas de espera para atender a la abuela en urgencias ni las noches enteras con la camilla en los pasillos del hospital mientras se nos hacen eternos ahora los minutos que quedan.

Estamos esperando que acabe el partido para que no se mueva el resultado y pensamos que el deporte es maravilloso a pesar de que prácticamente ninguno de los asistentes lo practicamos con regularidad: la mayoría lucimos unas bellas barrigas y bebemos y fumamos como cosacos. Puede que hayamos confundido el deporte con el resultadismo y la competición con la revancha, pero apenas pensamos en ello cuando el árbitro pita el final del partido y la mayor de las manifestaciones que se moviliza semanalmente se disuelve hacia su normalidad cotidiana.

Abandonamos el campo y los sofás de las casas con los deberes hechos. Ya no tenemos vallas en los campos ni en las oficinas lo cual nos transmite una sensación de libertad reconfortante; no hace falta que nos aprisionen ni nos obliguen por la fuerza a una actividad a la que asistimos voluntariamente con mansedumbre: acudimos a trabajos que odiamos para costearnos distracciones que nos alivien.

Al fin y al cabo tan sólo nos gustaría ser como ellos y dejar de ser como nosotros, y durante un rato cada semana lo conseguimos de alguna manera. Soñamos marcar los goles y nos evadimos de nuestras miserias, ¿qué puede tener eso de malo? nos preguntamos mientras volvemos a los pasillos de los hospitales, a superar el piquete que rodea a la empresa, a conocer la últimas noticias sobre los EREs, y a la cola del paro.

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